III

Escucho el susurro del mar

tumbada en la arena…

Me habla de amor…

Las olas se desvanecen en la orilla,

besan mi piel, delicadas, frías…

Una gaviota tímida se acerca a mí,

me observa callada y se aleja.

El cielo está gris,

qué oscuro se ve el horizonte,

qué tenebroso el mar…

La espuma salta enérgica

sobre la cresta de la alta ola,

salpica el mar las negras rocas

de furia y poder.

Comienzan a caer finas gotas de llanto

y mueren grabadas en la arena mojada.

El viento enfurece más y más

al poderoso Neptuno

y el susurro marino es ahora desafío,

reto voraz a mi calma…

tal vez arranque de mí el llanto o…

tal vez me vaya con él…

Sí…

mi cuerpo se empapa de agua salada,

me lleva, fiero, el mar de aquí para allá…

Voy a la deriva

sobre el azul grisáceo de mi penar…

a la deriva…

¿Dónde estará mi Norte?,

¿por qué no te puedo abrazar?…

Me dejo llevar…

Que el destino decida el final…

Abro mis ojos

y veo un limpio cielo azul,

mi cuerpo desnudo

sobre la cálida arena dorada…

Unas manos recorren mi piel, suaves…

Te miro, me besas…

Cierro mis ojos de nuevo y sonrío feliz…

Feliz… ¡te tengo!.

No quiero que nadie me arranque de aquí.

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I

Así pasaban sus días…

Se asomaba a la ventana

y dejaba caer la cabeza sobre sus brazos,

ligeramente cruzados.

Al final de la calle de charol

veía pasar a la gente…

¡Era Navidad!.

Estaba sola.

Esa sonrisa nostálgica

que cotidianamente adornaba su cara

empezaba a apagarse

por la humedad de las lágrimas

que bañaban sus mejillas pálidas.

En su alma

sentía la opresión de los sueños

y la desesperanza de sus ilusiones dormidas

la traicionaba.

Quería sentirse querida,

pero sólo podía cerrar sus ojos

y soñar…

Se veía vacía por dentro,

ni pasado, ni futuro…

Y… ¿qué era el presente?,

¿era, acaso, vida

lo que ella estaba viviendo?.

Sólo podía llorar…

Hija del Mar

Soy hija del mar de invierno, del cielo gris y el viento gélido.
Nací de un rayo de sol que abrió las nubes tras la tormenta.
Crecí mecida por la bruma y la caricia intensa de la sal.
Soy alma del Norte que palpa en la distancia la bravura de las olas.
Siento el aroma de las rocas, batidas con furia por la marea.
Vivo al latido profundo del océano en su bramido.
Soy esclava del horizonte, perfilado por sirenas y gaviotas.
Llevo la luz del faro en las entrañas y el yodo de las algas en la piel.
Sueño, alejada de mi tierra, con el día de volver… y muero.