Herculina Soy

en(R)edada

En la lejanía,
cierro los ojos e imagino el mar,
ese mar bravo, de vida y de muerte,
que custodia mi tierra.
Soy herculina.
Alma del Norte que huele a sal.
Veo en la noche su luz
y viajo en los sueños hasta mi hogar.

(Premio Microcoruñas 2008)

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(R)econstruyendo

Rediseñando, filtrando, cambiando, avanzando, dudando, retrocediendo, reincidiendo, desistiendo, recapacitando, insistiendo, pensando, decidiendo, reiniciando…

En definitiva, intentando regresar a la (R)ed.

Atrapada

Me reconozco un ser desmemoriado, despistado y desinteresado por casi todo, excepto por aquello que realmente me gusta. No soy una enciclopedia ambulante, ni acostumbro a sodomizar a los tertulianos con largas disertaciones, cargadas de datos remotos, de hecho, en multitud de ocasiones olvido los nombres de los intérpretes y los títulos de los libros, las películas o las canciones, recordando tan solo los temas por las anécdotas o por impactos emocionales que persisten grabados en mis recuerdos.

En realidad, no suelo hablar de las cosas que me gustan, las disfruto más en soledad, en calma, sin perturbarlas con explicaciones o argumentos innecesarios, que, por otra parte, me fastidia soberanamente tener que verbalizar. Total… Todos saben de sobra que soy rara y estoy convencida de que piensan que busco lo más atípico a propósito, solo para provocar o para mantener esa barrera protectora que me separa del resto y me permite recrearme en mi timidez, disfrazándola de soberbia o impertinencia, cuando me siento intimidada y necesito cortar en seco una situación incómoda.

Lo cierto es que hay cosas que me gustan desde muy pequeña y la mayoría, son tan antiguas que ni siquiera me correspondió vivirlas. En mi mente habitan miles de imágenes en blanco y negro (mucho más en negro que en blanco), que se mueven a trompicones en una descarga de Jazz. El sonido envolvente del saxofón (el instrumento que jamás abandonaría, pero que no me dejaron tocar, pues el piano era de señoritas), los cortos de Betty Boop (a quien inexplicablemente, siempre identificaré con mi abuela), los bailes alocados sin coreografías artificiales, los años 20, los 50… Y por mí, pararíamos de contar.

Soy un alma antigua habitando un cuerpo contemporáneo. Sin duda, esa es la causa de mis dificultades para encajar o para compartir pasiones. No suelo identificarme con personas de mi edad, ni de mi época, a lo largo de las épocas que he ido viviendo, pues ya he pasado por dos siglos y hasta he superado el efecto 2000.

A veces siento que llevo una doble vida: la vida exterior, calculada y controlada casi hasta la obsesión, donde todo cuadra o ha de cuadrar, y la vida interior, impulsiva, desorganizada, desbocada, donde nada tiene sentido porque simplemente es. Y es en esa vida interna donde me siento libre, sin roles, sin etiquetas, sin justificaciones. Simplemente soy, como siento y deseo en cada momento.

Y así, necesito unas horas al día de soledad, de silencio, de reclusión. Necesito aislarme del resto, física y mentalmente. Necesito refugiarme en mi rincón y adentrarme en la pantalla del ordenador para viajar a ese mi otro mundo, donde encuentro la libertad. Por unas horas, me gusta escuchar los sonidos del corazón y visualizar las diapositivas del alma. Me gusta regresar a esas otras vidas pasadas, de las que solo recuerdo bonitas estampas en escala de grises y volar…