Bucle

A falta de pocas semanas para cerrar este ciclo, busco en los recuerdos un día similar a hoy. La morriña que me acompaña a diario, mucho más en este destino que en otros anteriores, me dibuja un día gris marengo, de frío y viento, con chubascos intensos, intermitentes, sincronizados exactamente para atraparme en la carretera, inundada y empaparme en todas las entradas y salidas de la mañana. Visualizo el camino de las playas y de una a otra, voy circulando con incomodidad, al compás de los limpiaparabrisas, que a duras penas me despejan la vista. La música suena en la radio y los pensamientos me llevan a un desconocido futuro inmediato, tratando de adivinar cómo será nuestra nueva vida en el desierto.

Ahora, desde el desierto, añoro el temporal, el frío y los paraguas rotos, las olas de calor en los fugaces veranos inestables, la lentitud del tiempo en las tardes de playa y la falta de luz esperando a la primavera. Aquí me sobra sol y me falta aire limpio, frescura, salitre… Vida.

Varios años después de aquellos durísimos meses solas, imborrables, cronometrando las
centésimas de segundo para estar juntos, aún tratamos de aprovechar los días sin comparar, sin añorar, sin pensar… No sería tanta la nostalgia si pudiéramos disfrutar del paisaje o salir a la naturaleza, aunque fuera artificialmente, pero el entorno árido y el clima extremo nos impiden soltar lastre y acabar de acostumbrarnos del todo a esto.

De cualquier modo, casi sin darnos cuenta, hemos ido restado tiempo al total que habíamos programado y el final se acerca. Debo reconocer que el balance ha sido positivo. Todos hemos aprendido mucho y lo fundamental, estamos juntos. Nada hay peor que vivir en la distancia. Pero de nuevo, la distancia acecha.

El curso está a punto de terminar. Ella cerrará sus libros y se despedirá de su profesora, de los amigos y las amigas, de las paredes del colegio que la custodiaron tantas horas cada día, tantos días de su ya intensa vida… Yo entregaré los exámenes finales y compartiré las últimas bromas, me despediré sonriendo, con el propósito de mantener el contacto. Y al cerrar la puerta del coche me sentiré libre, poniendo rumbo a una nueva etapa. Él nos mirará cabizbajo, sabiendo que tendrá que enfrentarse a varios meses de soledad, hasta que pueda volver a casa con nosotras.

Volver a casa, más que una realidad física es un sentimiento de paz, una necesidad del alma, después de tanto tiempo alejados, olvidados… Pero también una sensación de miedo, de incertidumbre. Ya no somos los mismos que la última vez que preparamos las maletas de ida y en las maletas de vuelta, inevitablemente, doblaremos con cuidado la experiencia y las diferencias que nos distinguirán del resto. No será fácil acostumbrarse a lo de uno de nuevo, rebobinar en el tiempo y retomar la vida donde la dejamos, empezar de cero, reconquistar nuestro antiguo territorio, recuperar los lazos, reconocer lo de siempre como propio, sin poder evitar sentirnos ajenos… Volver implica recordar, reconocer, readaptarse, reiniciar… Para nosotros, volver es simplemente una vuelta más en el bucle, a la espera de otro giro que nos lleve a otro comienzo, a otro lugar…

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Historias del metro

¡Abarrote en el Parrote!… Y es que hoy viajaremos en el Cairo Metro, desde Heliopolis hasta Dokki, el recorrido habitual para mí, que suele oscilar entre los 30 y los 45 minutos, en función de la hora y la multitud (percances no incluidos). Desde que llego a Saray El Kobba todo es llamativo y anecdótico, empezando por la distribución de la gente que espera en el andén, apelotonada en el mismo punto, dejando el resto del espacio vacío; hasta la manera de entrar y salir de los vagones.

Los dos o tres primeros vagones del tren (depende de la línea) están reservados para las mujeres y los niños pequeños (o que lo parezcan). El resto de los vagones son mixtos, pero poco recomendables para mujeres extranjeras que viajen solas. Yo suelo utilizar los vagones de mujeres, pues a las horas a las que voy en metro, hay menos mujeres que hombres y suelo encontrar con mayor facilidad una esquinita donde acomodarme hasta mi destino.

Atravieso la estación hasta el extremo femenino del andén, mientras soy recorrida por todo tipo de miradas, comentarios, sonrisas y pensamientos inconfesables. Me abstraigo en mis propios pensamientos y avanzo. Las mujeres se acumulan en la zona de bancos, para no fatigarse esperando de pie al próximo tren, que llegará en escasos cinco minutos.

Y llega. Desde fuera busco una zona del tren que no parezca masificada y me sitúo ante la puerta, dejando pasar a las frenéticas usuarias primero, que embestirán a las que quieran salir para lograr un ansiado asiento, habitualmente inexistente ya; o un espacio en el suelo
donde puedan sentarse. Como en El Cairo no existe el respeto, no se guardan turnos de salida-entrada y no queda otra que ir ¡a la carga, mis valientes!.

El tiempo desde que se abren las puertas hasta el fugaz pitido, que avisa de que se cerrarán, es mínimo. En todas las estaciones veremos pedazos de mantos atrapados, una mochila de un escolar que no deja cerrar la puerta, un brazo que se desliza hábilmente de entre las gomas y se pone a salvo… Pero ya estamos todas y todos acomodados dentro. Yo siempre voy de pie, cerca de la puerta, para aumentar mis posibilidades de salir en el trasbordo, que viene siendo como Sol a la hora de quedar el fin de semana, pero sin orden ni concierto.

A mi lado, una mujer mayor, oronda y con un aroma natural característico, se apoya al respaldo de los asientos, cruza los pies y se desliza hasta el suelo, dejándose caer de cualquier manera y ocupando el doble de espacio. Ya no tenemos sitio para nuestros pies. Las miradas se curzan, la bombardean, pero ella echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y se dispone a esperar su destino.

Próxima estación: Mubarak, una de las más concurridas. Las avalanchas de salida pujan con las de entrada en un combate sin reglas y de nuevo, los atrapamientos en las puertas. Desde fuera no ven a la fellaha (campesina), que ya duerme a mi lado, sentada en el suelo, y tropiezan con ella, la insultan, le dan toques bruscos con la mano en su hombro, para instarla a que se incorpore y deje espacio. Nada, ella sigue durmiendo.

Yo trato de tomar posiciones en primera fila y me acomodo en la esquina de la puerta. En tres estaciones haré mi trasbordo. Estación: Sadat, procedo a abandonar el convoy. El truco está en salir de segunda o de tercera. Si vas de primera recibes todos los empujones y los bolsazos de las que quieren entrar por encima de ti y, aunque no te muevas, tampoco se apartan, empujan más y te pasan por encima, como estaba programado. Si sales de cuarta corres el riesgo de no alcanzar la puerta y quedarte atrapada o sin poder salir.

Y ya en el andén, repetimos la jugada dos veces (cambio de sentido): miradas ariscas de las mujeres, miradas de deseo de los hombres, comentarios ofensivos de algunas mujeres jóvenes, comentarios de deseo de los hombres, los niños que se cruzan en tu camino mientras corren y ríen, la que va con prisa y te pisa el talón cinco veces seguidas sin pedir perdón, empujones por las escaleras para cambiar de andén y, como no, la pregunta estrella: Welcome, from? (el acortamiento de la pregunta está pensado para encajarlo todo en el segundo que te lleva pasar ante ellos y dar tiempo a la respuesta, si la hubiese). Me abstraigo de nuevo y avanzo.

El metro se acerca a la zona femenina y ya está la avalancha apostada en la posición donde estiman que acabará la puerta. Desde el lugar donde la flecha pintada en el suelo indica que caerá, puede haber un desfase de un metro, suficiente para que cojan carrerilla lateral y se abalancen sobre ti, para pasar primero. Los laterales del vagón, en el pasillo, tienen suficiente espacio, pero ellas siempre se amontonan frente a la puerta. No puedo entrar, todas están saliendo, pero las que esperan por detrás de mí empujan despiadadamente, pasarán a toda costa, aunque tengan que aplastarme contra el cristal de la puerta, que ya está cerrándose. ¡Error!, me he quedado en el limbo, no puedo entrar ni retroceder. Las que ya están colocadas dentro me agarran por el brazo y tiran de mí para introducirme rápidamente en el vagón, pero la puerta ya se ha cerrado… ¡sobre mi mano!. Movimiento ágil y concentración:“ ¡yo puedo!, no hay dolor!”. He salvado mi mano y hasta mi
alianza, mi reloj y las uñas… Sonrisa agradecida al aforo interno: Shokran. Mirada criminal al aforo externo: cag… hij… cab… (sapos y culebras). Abstracción…

Última estación: Dokki. Repetimos: empujones, miradas, comentarios, preguntas mutiladas, escaleras, escaleras mecánicas, tornos sobrepasados que se bloquean, alguien que me deja pasar con su billete porque al mío lo rechaza la máquina, más escaleras y la calle. Suspiro profundo…

En este punto os remito a la entrada titulada Cairoteando para continuar la singladura de un día cualquiera, de camino al trabajo.

Vuelan las alfombras

Era una mañana tranquila, de esas en las que simplemente apetece disfrutar del paso del tiempo, con calma, sin ruidos… Sentada en el jardín, observaba como dos gorriones africanos picoteaban el césped, subiendo y bajando de los árboles, conversando entre ellos.

La brisa comienza a traer arena, la señal del cambio de tiempo. Ya es octubre, pero aún no he dejado de sentir la sonrisa del verano. Recuerdo aquella calle larga, silueteada de árboles amarillos y cubierta de hojas secas, que crujían a mis pies cuando paseaba… Recuerdo el abrazo templado del otoño, predisponiéndome a comenzar un nuevo camino…

Las inquietudes siempre me han inundado en otoño, tal vez porque la luz ya no es intensa y las calles comienzan a quedarse vacías, sin el bullicio del sol y los largos días cálidos. Aquí no soy consciente de como cambia la vida y tampoco siento el viento del Norte, susurrándome al oído la necesidad de emigrar a otro nido.

En esos recuerdos me perdía, cuando un sonido sordo y contundente lo invadió todo alrededor. En un acto reflejo me puse alerta y busqué el origen de tal ahogada explosión. Nada… Apenas unos segundos después, la misma detonación silenciosa me lleva a mirar al cielo. ¡¿Por qué vuelan las alfombras?!.

Una larga alfombra de pasillo caía desde lo alto, desenrollándose en la bajada, para acompañar a otras dos que yacían en el suelo, al borde de la valla blanca del jardín. Abría y cerraba los ojos, con la intención de despertar del pequeño letargo del que, tal vez, no había salido. Sin duda, estaba soñando…

Ahora una alfombra roja, de las que usan en estas tierras para rezar, se aproximaba hacia mí, desde allá arriba… Busqué a Aladino y a Jasmine, sobrevolando en su alfombra mi jardín, pero, difinitivamente, la alfombra volaba sola.

Realmente volaba, no era una ensoñación. Fijé mi mirada en el cielo, deslumbrada por los rayos del sol que alcanzaban mis ojos oblicuamente. Esperé unos segundos… Dos cabezas envueltas en pañuelos de colores aparecieron un instante fugaz, en el balcón del último piso. Desaparecieron en otro simple instante, mientras otra alfombra, verde esta vez, volaba desesperada, precipitándose al vacío. Al menos diez alfombras sobrevolaron mi cabeza para acabar fulminadas en el suelo, en la entrada del edificio, justo al lado de mi jadín.

Unos minutos después, los dos velos de colores, tomaron cuerpo ante mí y con una amplia sonrisa de satisfacción, enrollaron las alfombras, unas sobre otras, y se las llevaron, cargándolas sobre la cabeza, en un equilibrio sobrenatural, haciendo jarras, completamente ágiles y acostumbradas.

Es cruel ser adulto y comprobar que los cuentos son sólo pequeños delirios de la niñez. Las alfombras no viajan con Aladino, descubriendo nuevos cielos y cumpliendo sueños dorados… Las alfombras vuelan cuando toca llevarlas a limpiar.