Lila

Jugaban felices en Rubiás, una pequeña aldea de Punxín, comarca de O Carballiño, el pueblo donde pasé todos los veranos de mi infancia y adolescencia. Mientras los mayores trabajaban las leiras o vendimiaban, los primos pasaban juntos los ratos libres que les quedaban, después de los quehaceres de adultos que los niños de antes desempeñaban sin escatimar esfuerzos.

No había posibilidad de ir a la escuela a diario, estaba lejos y había que caminar varios kilómetros de monte cerrado. Y como era el mayor de los hermanos, las caminatas se reservaban para acompañar a los abuelos de pueblo en pueblo, vendiendo lo que daba la tierra y repartiendo el vino que con tanta dedicación, elaboraba una madre sola, abandonada por la emigración y el olvido.

Del padre poco sabía… Que apareció al final de sus días, enfermo, arruinado y con una familia secreta que no se ocupó de él cuando las cosas se torcieron en “El Perú”. Y aquella mujer curtida en la tristeza, analfabeta, que hacía las cuentas de la vieja para manejar su bodega y sacar a sus cuatro hijos adelante, lo acogió y lo cuidó hasta la muerte.

De la vida de mi abuelo pocas cosas se saben. Era un hombre recto, callado, infranqueable y casi siempre distante. Su recuerdo me alivia y me duele a la par, pero perduran sus palabras que ahora, tantos años después, al fin comprendo.

Mi abuelo se formó solo, estudiaba de noche y hacía cuentas en su cuaderno. Así llegó a aprender inglés con un libro de páginas oscuras, gastadas, de tapas de cartón cosido… Aún recuerdo la portada naranja, con el dibujo de un niño escribiendo… Entró en el ejército y vivió los momentos más relevantes de la historia contemporánea de España.

Las historias de sus viajes a Marruecos eran recurrentes en las reuniones familiares, pocas, pues no le gustaban las fiestas, los derrorches, la abundancia… Y aunque siempre lo tildamos de tacaño, con su falta, comprendí que no era más que el miedo a volver a pasar hambre.

Con el Alzheimer llegó el pasado y conocí momentos felices de su infancia, especialmente aquellos que compartía con Lila, su prima, una niña frágil y enfermiza por la que mi abuelo sentía debilidad y necesidad de cuidarla y protegerla. Lila murió joven y mi abuelo nunca cerró esa herida. Y a medida que su mente se perdía en el ayer, sus ojos de cielo se nublaban, en busca del infinito… “Aquí, esperando”…

Tan solo salía el sol cuando Lila llegaba a cuidarlo y la sonrisa volvía a sus labios. Entonces me hablaba de mí, su nieta, una niña revoltosa y rebelde, de pelo rojo ensortijado, que junto a su querida Lila, llenaron los últimos recuerdos de su vida.

Cuando el tiempo se paró en su cabeza, la memoria se invirtió y recuperó en mí a Lila, enviando mi infancia a la pérdida antigua que marcó su vida. Tal vez no fuera real, pero en su alma se cerró el ciclo y encontró la paz al cicatrizar la herida.

 

The Movie

Cuando el marido de su amiga viaja a El Cairo, por motivos de negocios, la vida de la protagonista cambia radicalmente.

Conoce a un exitoso egipcio, quien emprende una cruzada por conquistar el corazón de la española, absolutamente entregada a sus proyectos y que se niega a perder tiempo en el amor.

Con la ayuda del amigo común, ambos jóvenes entablan una amistad a distancia, que alimentada por la tecnología y los frecuentes viajes a la tierra de los faraones, acaba por convertirse en una historia de película.

Un año después, la protagonista sufre un grave accidente de tráfico que la aparta del trabajo para centrarse en su recuperación. Es entonces cuando la pareja decide dar el paso más importante de sus vidas: el matrimonio.

Así comienza una larga batalla burocrática, cultural y personal contra todas las oposiciones y dificultades que pretendían hacerlos desistir de sus propósitos. Pero, una vez más, el amor triunfaría para regalarles una vida llena de aventuras y desventuras, en una tierra exótica desde fuera y hostil desde dentro.

Esta es la historia de una soñadora que dejó atrás su mundo para hacer realidad un sueño.

(Re)adaptación

No queríamos y por tanto, no estábamos preparadas para volver. Si dejar atrás la patria es un proceso duro, lento y delicado, regresar a ella después de varios años, es todavía más azaroso. Situación que se complica aún más si tenemos en cuenta que la distancia nos duele y la obligada separación nos impide avanzar.

La vida no es fácil contando los días, ni echando la vista atrás compulsivamente, recordando fechas, caras, momentos, anécdotas, paisajes… Soñando con un mañana cercano, más a nuestra medida, a nuestro gusto, en otro lugar, con otras normas y otras vivencias más afines a nuestra realidad.

El primer año se nos fue rápido, inmersas en cambios, aprendizajes, recuerdos, costumbres y progresos lentos. Pero superada ya la mitad del segundo año, nos fallan las fuezas. No queremos continuar. Sentimos la necesidad inmediata de retroceder en el tiempo y volver a nuestra última ubicación, donde a pesar de todo, nos sentíamos cómodas.

Sabemos que nada sería igual allí tampoco. Los amigos ya no están, probablemente viviríamos en una zona nueva, huyendo de la masificación, cambiaríamos de colegio y volveríamos a las condiciones extremas del desierto, especialmente en estos meses de arena, cuando ya empezaría a amenazar el calor. Pero a pesar de todo aquello que en su día fue difícil y nos hizo desear volver a casa, hoy sentimos que nuestra casa es aquella.

Supongo que el proceso de adaptación se niega a saltarse fases y nos obliga a pasar por el rechazo y la negación. Alguna vez leí sobre esto en foros de expatriados… Sí, ese término sonoro y diferenciador que también ahora añoramos. Tendré que empezar a investigar sobre los efectos de la repatriación, algo de lo que pocas veces se habla y que no consiste en volver y ya está.

Analizando mis experiencias pasadas, puedo asegurar que mi primera emigración, aún habiendo sido voluntaria, fue compleja y la adaptación llegó a ser dolorosa, enfermiza en algunos momentos. Me enfrentaba a muchos cambios a la vez: idiomas, cultura, normas sociales, costumbres, trabajo, distancias, clima, transportes, familia, amistades… Todo ello era manejable, pues siempre encontraba recursos y me ofrecían ayuda, pero había algo que no conseguía dominar: mi cabeza.

Algo en mi interior me paralizaba y me impedía salir a la batalla sin miedo. Me asustaba lo nuevo, lo desconocido, las sorpresas, en general, lo inesperado, incluso cuando era bueno. Sentía que no podía, que no sabía, que todo me iba a salir mal, que por mi culpa los que dejé atrás sufrían… Y de pronto, un día cualquiera, comencé a caminar por aquellas calles peculiares, inundadas de contrastes y olores ancestrales, con una sonrisa involuntaria en los labios. El sol me parecía más brillante, el bullicio no me aturdía y los ojos comenzaron a ver más allá de lo que físicamente percibían. Llegó la paz…

A partir de entonces, no volví a sentir con tanta fuerza los efectos de la adaptación. Hubo momentos malos, nervios, enfados, impotencia, frustración incluso, pero eran momentos, días, períodos cortos, pasajeros… Hasta ahora.

No comprendo en realidad, por qué me cuesta tanto readaptarme a lo mío, ¡si es mío!, mi origen, el tiesto donde brotó la semilla y permanecen mis raíces… Comprendo en cambio, que Ella no se acostumbre, porque sus recuerdos de infancia pertenecen a lo que dejamos atrás y todo aquí es radicalmente diferente, no juzgaré si mejor o peor, simplemente es nuevo y muy distinto a todo lo que tenía y le daba seguridad.

Ella ha pasado ya por el miedo aquel que me invalidó a mí la primera vez. Ahora vive en el desencanto, con una sensación triste que la mantiene anclada al otro lugar y le impide conquistar el nuevo. A veces los nervios la traicionan y otras veces, siente angustia.

Juntas trabajamos la autoestima, tratamos de limpiar las emociones y nos fijamos metas positivas para el día de hoy, sin agobiarnos con lo que pueda pasar mañana. ¡Qué importa!, mañana siempre será mañana.

Al caer la noche, apago la luz, suspirando. Deseo que ese día cualquiera en que el sol vuelva a brillar y los ojos puedan traspasar la realidad objetiva, nos sorprenda a las dos cuanto antes y podamos abandonar esta carrera que nos mantiene exhaustas.